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H.R. 1348 · Venezolanos en EE.UU.

Venezolanos en EE.UU.

La seguridad de un país y de su gente no se construye con estatus temporal. Se construye con permanencia.

Carta Abierta

Hay una contradicción en el corazón de cómo Estados Unidos trata hoy a su comunidad venezolana.

Dependemos de su trabajo: son los médicos que atienden urgencias de madrugada, las enfermeras, los ingenieros, los maestros; y a cambio les ofrecemos un estatus que puede borrarse de un plumazo. Les pedimos que construyan, mientras les negamos el suelo donde pararse. Eso no es seguridad.

Es precariedad permanente disfrazada de protección temporal.

Más de ocho millones de venezolanos han salido de su país. Cientos de miles viven en Estados Unidos bajo figuras temporales: asilo pendiente, protección que se renueva o se cancela según el humor político del momento. Viven legales hoy y pueden ser ilegales mañana sin haber hecho nada distinto.

Y existe una tentación peligrosa que quiero nombrar, porque circula ya en los pasillos: decir que como Venezuela cambió políticamente este año, el problema se resolvió solo. Que ya pueden volver.

Los datos lo desmienten, y son recientes. En abril, la Agencia de la ONU para los Refugiados publicó la encuesta más sólida que tenemos.

Resultado: solo un 9% contempla regresar dentro de un año. Dos de cada tres no tienen ninguna intención de volver. Las dos razones principales para no hacerlo empatan en un 22%: la inseguridad y la falta de trabajo. Y un 60% no tiene siquiera información confiable sobre cuál sería su situación legal.

No se están yendo. Y mientras tanto, el estatus temporal los mantiene atrapados: contribuyen como permanentes, pero viven como provisionales. Eso no le sirve a nadie —ni a ellos, ni al país que los acoge.

Existe una vía. Una sola, concreta, ya escrita: el Proyecto de Ley de Ajuste Venezolano, el H.R. 1348, que abre el camino a la residencia permanente.

Y quiero ser precisa en por qué esto es, antes que todo, un asunto de seguridad —para el país y para las personas:

Una persona en el limbo legal es vulnerable a la explotación laboral, a la trata, a la economía en las sombras. No puede denunciar abusos sin arriesgar su estatus. Un país con cientos de miles de personas sin estatus definido no es un país más seguro: es un país con una población a la que no puede integrar del todo ni proteger del todo.

La permanencia legal invierte eso. Una persona con estatus es una persona conocida, integrada, que paga impuestos, que abre empresas, que coopera con las instituciones porque confía en ellas. La seguridad nacional no se defiende empujando gente a las sombras. Se defiende sacándola de ellas.

Esto no es amnistía ni causa política, es una comunidad vulnerable.

Y que nadie diga que hablo de un grupo minoritario. Solo en Estados Unidos, 362.297 personas se han registrado, con nombre y apellido, para respaldar el H.R. 1348. Entre ellas, más de 22.000 son ciudadanos estadounidenses votantes y 28.000 son residentes permanentes. En los últimos treinta días se sumaron más de 34.000.

Un censo paralelo de más de 54.000 venezolanos en el país lo confirma desde otro ángulo: prácticamente todos desean quedarse, y dos de cada tres son profesionales. Esta no es una población que quiere marcharse. Es una población que quiere seguir construyendo en Estados Unidos.

Por eso traigo dos llamados precisos en esta carta

A los funcionarios electos, estatales, congresistas y senadores

Avancen en impulsar el H.R. 1348. Conviertan en permanente lo que la realidad ya hizo permanente. No es una concesión a extranjeros: es estabilidad para cientos de miles de contribuyentes que sus propias comunidades pueden contar, distrito por distrito.

A las iglesias, empresarios y gremios de profesionales

Respalden el principio. Reconozcamos, como estándar, que la integración legal permanente —y no el estatus temporal que se revoca con un decreto— es la respuesta humana y la respuesta segura. Que ningún sistema que dependa del trabajo de una comunidad le niegue al mismo tiempo la certeza de pertenecer.

Termino con lo esencial.

Estas personas no piden que las salven. No piden caridad. Piden algo mucho más simple y mucho más digno: dejar de ser temporales. Dejar de vivir con la maleta a medio hacer. Poder decirle a un hijo, sin mentir, que esta es su casa.

La seguridad de un país no se mide por cuántas puertas cierra. Se mide por cuántas personas deja construir adentro, a la luz, con su nombre. Démosles esa luz. El resto ya lo están haciendo solos.